La ilusión de mi vida ( de Marina Gallardo Basallote)

Mis ilusiones se remontan al año 1954 en Conil. Yo tenía 7 años, me encantaba que mi abuelo me contara bellas historias.

Un día sacó de su viejo arcón un libro diciendo: “Te lo voy a leer porque sé que te gustan las aventuras.” Y abriendolo dijo: “Se titula ‘Don Quijote de la Mancha’.”

Mi abuelo leyó y leyó y yo escuchaba con tal interés que por las noches en la cama pensaba cómo podría tener una aventura parecida a la de Don Quijote. Una buena mañana se presentó mi primo que vivía en el campo y me dijo: “¿ A que no eres capaz de venir al campo unos días?”

Aquellas palabras me sonaron como coros celestiales. Mi madre, sabiendo la ilusión que era para mí enseguida me hizo un lío de ropa. Mi primo me subió al burro. Aquello fue inolvidable. Caminando hacia el campo me sentía tan satisfecha como Sancho Panza.

Habíamos caminado como media hora. Cortamos caminos por una estrecha vereda. Había dos pinos que majestuosos nos esperaban. Sus ramas se enredaban y se abrazaban. A mí se me antojaban como un gran montón de tul y blondas.

Por fin llegamos a casa de mi primo. Mis tíos por vivienda tenían un cortijo con el techo de arena y caña. A la izquierda del cortijo había un arbol fabuloso. Era el más soberbio que he visto en mi vida y recuerdo que mirandole pregunté: “¿ Echa brevas?” Todos se rieron y dijo mi tío : “No, es una encina. Echa bellotas dulces.” De momento recordé un cuento de mi abuelo y por unos momentos vi al arbol como un dragón con siete cabezas.

Rompieron el encanto las voces de mis primos que me llamaban para ir a la era donde estaban trillando. !Me montaron! Aquello era el no va más! Qué felicidad! Las mulas con sus correspondientes cascabeles daban vueltas como una noria. El trillo separaba la paja del trigo, a lo lejo vi venir a mi tía que traía forros de colchones para llenarlos de paja de cebada.

Llegó la hora del almuerzo. Mi tía trajo a la era un gran dornillo humeante. Aquella comida fue la más apetitosa que he comido jamás. Y pregunté: ” ¿ Esta comida como se llama?” Y contestó mi tía: ” Un ajo de calabaza.”

Llegó la noche y recuerdo que intentaba subirme en la cama y no podía. Los colchones llenos estaban muy altos. Mis primos al verme reían y reían.

Y ameneció un nuevo día. Fue el amanecer más bonito desde la cama . Con los ojos entornados veía los rayos de sol entrar por la ventana. Fuera se oía al borrico rebuznando y los gallos quiquiriqueando.

No he vuelto a sentir esa sensación tan sublime. Al momento entró mi tía con un gran tazón de leche y una gran tostada diciendo: ” Anda Marina, desayuna, que me tienes que ayudar a desgranar maiz para los cerdos y las gallinas.

Me levanté dando un buen salto pensando que tenía otro día para nuevas aventuras, muchas sensaciones y grandes ilusiones.

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